NIRVANA CUARTA PARTE






La muerte de Cobain




A comienzos de 1994, la banda se embarcó en una gira por Europa. Aunque el tour comenzó bien, los conciertos gradualmente declinaron, con la imagen de un Cobain aburrido y distraído durante los conciertos, particularmente durante el paso por Italia.

Nirvana – Palatrussardi, Milán, Italia 1994
https://www.youtube.com/watch?v=-ufAglA09Ck

Después del directo en Terminal Eins en Múnich, Alemania, el 1 de marzo, Cobain fue diagnosticado con bronquitis y laringitis severa. El espectáculo de la noche siguiente fue cancelado. En la mañana del 4 de marzo, en Roma, Cobain fue encontrado inconsciente por Courtney Love y fue llevado a un hospital. Un médico declaró en una rueda de prensa que el cantante reaccionó a una combinación de Rohypnol y alcohol. El resto de la gira fue cancelada, incluyendo una visita planeada (después de 2 años sin ir) al Reino Unido.



EL SINDROME COBAIN



Es fácil adivinar que Kurt Cobain estaba obsesionado con el cuerpo, con lo físico. Y que lo estaba en un sentido escatológico y claramente médico: el video de “Heart Shaped-Box” está poblado de imágenes de pesadilla, de fetos que cuelgan de ramas de árboles, como macabros adornos navideños, de mujeres obesas desolladas. Otro feto flota en un suero que se conecta al brazo de un Jesús anciano y moribundo. La canción estaba llena de metáforas médicas: “Me gustaría comer tu cáncer cuando te ennegrezcas” o “Lánzame tu cordón umbilical para que pueda trepar por él”.

Nirvana Heart shaped box Subtitulada al español
https://www.youtube.com/watch?v=qZGsJROMTJ8

El arte de tapa del disco In Utero muestra a una mujer con alas y sin piel, y en la contratapa se entrelazan fetos, como en una fantasía de H. G. Giger. Pocos saben que Cobain era, además de músico, artista plástico: nunca expuso sus dibujos, pinturas ni esculturas (pensar en Cobain como artista multimedia es casi risible) pero todos los que alguna vez vieron su trabajo coinciden en que era realmente bueno, realmente original y espantosamente raro.



Cross se detiene largamente a describir su trabajo plástico, y remarca cuánto se relacionaba con sus obsesiones cárnicas, sobre todo durante sus años en Olympia, pueblo cercano a Seattle donde se formó Nirvana: “Un dibujo mostraba a un alien de piel semidesprendida. En otro, una mujer con un sombrero de Ku Klux Klan se levanta la pollera para mostrar la vagina. Otro representaba a un hombre acuchillando a una mujer con su afilado pene”. En sus notas sobre posibles próximos dibujos podía escribir cosas como ésta: “Disfrutar pateando las piernas de una anciana porque sus tobillos están rellenados con una botella de orina. De esas botellas sale un tubo que asoma finalmente por su vieja y arruinada vagina. Y cuando la pateas en las piernas el pis se desparrama por todos lados”.

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Una entrada de su diario describía a un personaje imaginado: “Chef Boyardee es más malo y más fuerte y menos susceptible a las enfermedades y más dominante que un gorila macho. Viene a mí por la noche. Abre los postigos y tuerce las barras de mi ventana que me habían costado fortunas. Entra a mi habitación. Desnudo, afeitado y aceitado. Tiene el cuerpo y los brazos cubiertos de pelo oscuro e hirsuto. Está parado en un charco de grasa de pizza. Estornuda harina. Entra en mis pulmones. Toso. Él se ríe. Monta sobre mí. Me gustaría patear su culo macho caliente y apestante”.



Lo que además revela el libro de Cross es una relación de Cobain con el cuerpo que remite tanto al abuso como al dolor físico, a un permanente péndulo entre el alivio y el sufrimiento, ambos inevitables y buscados. En su diario, Cobain detallaba sus problemas gastrointestinales, que sufría desde la adolescencia y que jamás fueron adecuadamente diagnosticados (se trataba, probablemente, de un desorden psicosomático): “Por favor Dios: que se vayan a la mierda los discos exitosos. Lo único que quiero es que esta misteriosa e inexplicable enfermedad lleve mi nombre. Y el título de nuestro nuevo álbum doble será El Síndrome Cobain.



Una ópera-rock acerca de vomitar jugo gástrico, acerca de ser casi un anoréxico, un chico grunge de Auschwitz. Y va estar acompañado con un video de mi última endoscopia”. Kurt Cobain vomitaba. Vomitaba sangre, bilis, muy seguido. Vomitaba cuando estaba nervioso: vomitó durante casi toda su relación con Tobi Vail, una chica punk militante feminista a la que nunca logró enamorar (la musa del 80 por ciento de las canciones de Nevermind); vomitó al punto de dedicarle en una canción (“Aneurysm”) la frase “Te amo tanto que me dan náuseas”.



Para aliviar su dolor estomacal Kurt Cobain decidió convertirse en un adicto a la heroína. Así lo explicaba en su diario: “Cuando volví de la segunda gira europea con Sonic Youth decidí empezar a usar la droga para aliviar el dolor que venía sufriendo desde hacía más de cinco años, y que me había llevado a desear suicidarme. Durante cinco años, cada día, cada vez que tragaba, experimentaba un espantoso ardor, un dolor en la parte superior del estómago.



El dolor se hacía más frecuente y peor en las giras, por falta de una dieta ordenada. Desde el principio de esta enfermedad tuve más de diez tratamientos invasivos en mis intestinos, que sólo lo encontraban irritado. Consulté 15 médicos y 50 tipos de medicamentos antiulcerosos. Lo único que funcionó fueron los opiáceos. Hubo muchos momentos en los que me encontré incapacitado literalmente, en cama, vomitando, muriéndome de hambre. Entonces me dije: si ya me siento como un yonqui, por qué no ser uno”. Así, la heroína empezó como un paliativo a su sufrimiento físico y emocional, pero acabó convirtiéndose en otra enfermedad que, de ser suprimida, sólo intensificaría la original. El círculo vicioso parecía no tenía salida.



Heavier than Heaven describe el mundo de los yonquis con crudeza: Kurt Cobain podía ser la estrella de rock más famosa del mundo, pero sólo una semana antes de su suicidio, un dealer lo echó de su departamento cuando tuvo una sobredosis. Pasó esa noche en un auto. Ninguno de sus amigos o familiares sabía donde estaba: Cobain, como lo había hecho tantas veces antes cuando su esposa le prohibió usar heroína en su casa, se inyectaba solo en habitaciones de motel, llamando a dealers desde teléfonos públicos, en el mayor anonimato.



Corría el mes de agosto , Kurt Cobain y Courtney Love tuvieron a su única hija, Frances Bean. El embarazo había sido tenso: Courtney consumió heroína hasta el tercer mes, y Kurt, siempre obsesionado por las deformidades, se convenció de que el bebé nacería sin brazos. La bebé nació perfectamente sana, pero esa misma semana un perfil en Vanity Fair denunciaba los abusos de la pareja. Kurt temió, con motivo, que intervinieran asistentes sociales y le quitaran a la bebé, a pesar de que él mismo seguía un tratamiento de desintoxicación en el mismo hospital donde su mujer acababa de dar a luz. Cross narra así la desesperación de Kurt: “Escapó de su habitación, compró heroína, se inyectó y después volvió al hospital con una 38 cargada. Fue hasta la habitación de Courtney, y le recordó un juramento que se habían prometido, si por alguna razón perdían al bebé, los dos se suicidarían, en un pacto.



Courtney estaba conmocionada por el artículo de Vanity Fair, pero no quería matarse. Trató de razonar con Kurt, pero él estaba loco de miedo… Finalmente logró darle el arma a Eric Erlandson, el guitarrista de Hole, el único amigo con el que podían contar por más sórdido que se volviera todo. Él hizo desaparecer la 38. Pero la desesperación de Kurt no menguó. Al día siguiente hizo entrar a un dealer al hospital y en una habitación lejos de la maternidad tuvo una sobredosis. Llamaron a una enfermera, y Kurt revivió, una vez más”.



El intento de suicidio anterior al definitivo, en Roma, el que lo llevó a 20 horas en estado de coma el 3 de marzo de 1994 llegó después de una noche romántica que salió mal. Courtney Love estaba demasiado cansada como para tener sexo con su marido (venía de una gira con su banda, Hole) y él interpretó el rechazo como una amenaza de divorcio. Tomó 60 Rohypnol y dejó una carta donde afirmaba que Courtney “ya no lo amaba” y donde decía que, como Hamlet, debía “elegir entre la vida y la muerte. Elijo la muerte. Prefiero morir que pasar por otro divorcio”.



Entre los yonquis y los dealers, Kurt Cobain no era el ídolo adolescente más amado desde John Lennon: era un par o un cliente, capaz de asustar al drogadicto más experimentado con su audacia y las enormes dosis que era capaz de soportar. La noche en que se negó a entrar a un nuevo programa de desintoxicación, días antes de su muerte, su esposa y familiares lo dejaron solo, frustrados y enojados. El único que lo acompañó fue una dealer. Kurt estuvo hasta la madrugada preguntándole: “¿Dónde están mis amigos cuando los necesito?”.



Courtney lo internó. En Heavier than Heaven asegura que si alguna vez amenazó con divorciarse, fue sólo para asustar a Kurt y obligarlo a dejar las drogas. Fue con ese espíritu que lo dejó solo un mes después, cuando se marchó a Los Angeles para desintoxicarse. Kurt finalmente entró en una clínica, pero escapó trepando una pared.



El viernes 8 de abril de 1994 un electricista encontró su cuerpo en el invernadero de su casa de Seattle: no sólo se había disparado con un rifle, sino que se había inyectado, antes, una dosis letal de heroína. Su nota suicida decía: “Cuando estoy detrás del escenario y se apagan las luces y comienza el rugido del público, no me conmueve como le pasaba a Freddie Mercury, que parecía amar y satisfacerse con la adoración de la gente. Eso es algo que admiro y envidio. Pero no puedo engañarlos. No es justo para ustedes ni para mí.



El peor crimen que se me ocurre es engañarlos haciéndoles creer que la estoy pasando bien. He tratado todo lo que está en mi poder para disfrutarlo, por Dios créanme que lo intenté, pero no es suficiente. Aprecio sin embargo el hecho de haber entretenido y conmovido a tanta gente… ¿Por qué no lo disfruto? No lo sé.



Tengo una esposa que es una diosa y que transpira ambición y comprensión, y una hija que me recuerda demasiado al niño que una vez fui. Llena de amor y alegría, besando a cada persona que conoce porque cree que todos son buenos y no le harán daño. Y eso me aterra al punto que apenas puedo funcionar. No puedo soportar la idea de que Frances se convierta en este miserable, autodestructivo, moribundo rockero en que me convertí. Las cosas me salieron bien, muy bien, y estoy agradecido, pero desde que tengo siete años odio a los humanos en general… Gracias desde el fondo de mi ardiente y nauseabundo estómago por todas las cartas y la preocupación que me manifestaron durante estos años. Ya no tengo la pasión, así que recuerden: es mejor quemarse que desaparecer lentamente”.


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de TURISMO VALLE DEL LLAIMA Publicado en grunge